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APUNTE 27/11/2014

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Ciclotimias: Los parques
Por
Santiago Gilsantiago_gil

Uno no conoce los lugares hasta que no los vive desde dentro. Venecia, París o Manhattan son siempre fascinantes cuando estamos de paso; pero las veríamos de otra manera si tuviéramos que sufrir sus atascos, sus humedades o las hordas de turistas que no paran de llegar a todas horas. Tampoco se ve igual una ciudad cuando se madruga en ella cada día para salir a trabajar que cuando uno se levanta y se encuentra el bufet del desayuno con todas esas viandas que solo se encuentran en los hoteles cuando viajamos. Quienes nos visitan llegan aquí como si se adentraran en el paraíso. Nosotros también catamos ese sueño edénico de vez en cuando, pero casi todos los días pasamos de largo ante las playas o ante esos atardeceres costeros que detienen a los guiris como si estuvieran en algún Ganges milagrero. Hasta hace unos meses, yo veía los parques infantiles como lugares de juegos interminables en los que se entretenían los niños en los columpios y los toboganes. También me gustaba contemplar la sonrisa de los padres viendo cómo esos niños se divertían trepando hacia los toboganes o descendiendo de ellos como si estuvieran en las plataformas de saltos de Partenkirchen. Cuando yo era niño nuestros padres nos dejaban jugar libres en las plazas o en los tres remos remendados que nos ponían de vez en cuando. Éramos nosotros mismos los que marcábamos los territorios. En ese momento es cuando ya descubrías al abusador, al solidario, al chulo de pacotilla o al timorato. Ahora no, ahora son los padres los que están alrededor de los niños y los que terminan incordiando. Cuando llego al parque con mi hija miro primero a los padres y luego a los chiquillos. Casi nunca me equivoco. Tienes al histérico, al que incita al hijo para que compita, al que ve que su vástago está dando patadas a los demás y mira para otro lado y a los que tratamos de apaciguar cuando vemos que algunos de los padres casi están a punto de llegar a las manos por cualquier trifulca de chiquillos. Tampoco te imaginabas que en ese espacio que parecía tan idílico había mentideros llenos de meticonas y chismosos que a veces despellejan a cualquiera de los habituales, aunque en esos casos, como fuera de los parques, son finalmente esos mismos correveidiles los que acaban despellejándose entre ellos. Alguna vez me habían contado las andanzas que acontecían en esos espacios supuestamente decorados para el divertimento y la sonrisa, pero no pensé que todo fuera tan parecido a la vida que acontece tras esas vallas con colorines o con personajes de dibujos animados. Todo tiene siempre su otra cara. Tampoco nos fijamos cuando de madrugada esos mismos espacios se llenan de cartones debajo de los toboganes y duermen en ellos los que una vez también fueron como esos niños que sonríen con toda la vida por delante.

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