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APUNTE 30/10/2014

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Ciclotimias: El Otro
Por
Santiago Gilsantiago_gil

Hace unos días estuve en Agaete y saludé a un amigo que no veía hacía más de veinte años. Estaba calvo, un poco más grueso y con las marcas de la edad reflejadas en su cara. Con el paso del tiempo, uno tiene que ir quitando capas a los amigos del pasado antes de saludarlos. He metido la pata muchas veces, y hasta que no descubro su rostro de antaño prefiero mantenerme a una cierta distancia. Le dije su nombre y él me contestó que a quien nombraba era a su hermano. Le pregunté por ese hermano y dibujó una especie de cuchilla a la altura de las piernas. Entonces, temiendo en todo momento su respuesta, le pregunté si se las habían cortado. «Se las amputaron -me contestó- a la altura de los muslos, por el jodido azúcar». Recordé a mi amigo jugando al fútbol en cualquiera de aquellos partidos que improvisábamos en Guayedra. Ahora lo imaginaba sin piernas y en silla de ruedas. Su hermano no se inmutaba e iba cogiendo algunos de los manises que colocaba El Perola en la barra mientras hablábamos y nos tomábamos unos botellines de cerveza. Así me tuvo casi veinte minutos. Se mostraba circunspecto e insistía en que no pasaba nada con la confusión y en que lo normal era que los hermanos se terminaran pareciendo. Cuando yo ya había visionado a mi antiguo amigo en su nuevo estado, su hermano se dirigió a mí con el nombrete culeto que solo conocen los más cercanos y me dijo que era quien yo había reconocido a las primeras de cambio. Se reía a carcajadas por lo bien que le había salido la broma; pero yo no me atreví a decirle que ya no era él y que, aunque lo fuera, su calvicie, su barriga prominente y hasta la forma de pronunciar aquel nombrete no tenían nada que ver con aquel otro compinche del pasado. Le reí la gracia y compartimos otro botellín mirando a la plaza en la que habíamos paseado con nuestras primeras novias. Lo veía incluso más distante y desconocido que al supuesto hermano y solo quería marcharme cuanto antes de aquel bar de la plaza que salía cada semana en el programa Tenderete. Recordé cuando le gasté una broma parecida a un compañero periodista diciéndole que yo no era yo sino mi hermano gemelo. Al principio dudó; pero luego empezó a buscar toda clase de diferencias en mi rostro, en mi manera de caminar y hasta en mi forma de ser. Acabó convencido de que yo era más bajo y más serio que mi supuesto gemelo y que, además, mi cara era muy distinta a la misma cara que le estaba mirando. Me costó convencerle de que era una broma, y yo creo que hasta hoy, cada vez que me mira, sigue viendo al hermano gemelo que nunca tuve. Yo fui otro para él, como fue otro aquel amigo que quería seguir pareciéndose al que yo conocí muchos años atrás. Nunca somos los que fuimos, ni siquiera cuando nos miramos en los espejos como si jamás nos hubiéramos movido del mismo sitio. Siempre será otro el que se quede donde nosotros solo estamos de paso.

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