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APUNTE 18/02/2014

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Consideraciones sobre el carnaval isleño
Por Juan José Laforet                                                                                                                                

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El carnaval grancanario llegó y arraigó casi al unísono de la propia historia insular y en especial de su capital, aunque posiblemente muy influenciado entonces por la presencia de comerciantes y navegantes procedentes de ciudades italianas como Génova. Más de 500 años de historia, como pude recoger y exponer en una ponencia presentada en el año 2004 al Congreso Internacional de Historia del Carnaval que se celebró en el Palacio de Congresos de Cádiz, con participantes de las principales ciudades carnavaleras españolas y de otras de países como Brasil, Cuba, Italia, Portugal, Puerto Rico ó Santo Domingo; algo que me recordó como, tras unas décadas que fueron difíciles para tratar estos temas en la prensa diaria, y cuando el carnaval comenzaba a recuperar en muchos lugares su vitalidad de siempre o incluso a expandirla, como fue el caso de Gran Canaria.

Sin duda alguna el carnaval estuvo muy presente a través de más de cinco siglos en Gran Canaria, donde arraigó de diversas formas y maneras a lo largo de distintas etapas;  en el siglo XVI y XVII con la influencia italianizante que la propia familia Cairasco de Figueroa contribuyó a introducir con los bailes de máscaras, como el celebrado en 1574 para celebrar los esponsales de Matías Cairasco,  o los “tres banquetes los días de carnestolendas…” que se sirvieron en 1635 a propósito de la llegada del Capitán General Iñigo de Brizuela, como recoge Viera y Clavijo en su Historia de Canarias, o como se supo, gracias al cronista Lope Antonio de la Guerra, que en la capital grancanaria en 1783 “…fueron muy célebres estas carnestolendas…se iluminó la ciudad por las noches…hubo conciertos, saraos, máscaras y otras diversiones”.

Con todo ello y tras la explosión pública y espectacular del carnaval en Las Palmas a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, del que se conservan fantásticas fotos de sus cabalgatas, batallas de flores y bailes, no es de extrañar que el cronista Domingo J. Navarro, en sus “Recuerdos de un noventón”,  señalara en 1895 como “…nuestros progenitores esperaban siempre ansiosos la temporada del carnaval y la prolongaban lo más que podían”. Su preparación era minuciosa y las tertulias sobre el mismo se mantenían casi todo el año; la prensa de la época  fue testigo de ello y, por ejemplo, recogiendo el sentir popular señalaba textualmente en su edición del 25 de febrero de 1925 como ese año en Las Palmas “…el carnaval ha carecido de originalidad llamando sólo la atención las alusiones a asuntos de actualidad…”, aunque debe confirmar que  “…en el Club Náutico, Gabinete Literario, Círculo Mercantil se han celebrado brillantes bailes…” y como “…en Gáldar las Fiestas de Carnaval resultaron muy brillantes…”

Sin duda el carnaval isleño, el de Gran Canaria, que hoy triunfa en muy distintos rincones de la isla con una espectacularidad que traspasa fronteras, es una de sus fiestas más históricas y arraigadas, aunque, como ya señalé en Cádiz en el año 2004,  no todo ha sido igual, ni ha pervivido con las mismas formas e intensidades a través de sus más de cinco siglos de historia, tal como determinadas ideas preconcebidas y estereotipadas nos lo hacen ver o creer a menudo.  Si la realidad más inmediata es muy diferente a la de hace apenas una década atrás, muchas otras cosas y asuntos también son radicalmente distintos a como lo fueron en épocas y siglos anteriores, aunque tengamos la tendencia natural a pensar que todo fue siempre igual a como lo hemos conocido, vivido y disfrutado; ¡feliz carnaval!

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