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APUNTE 04/11/2013

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La cercanía del más allá
Por
Nieves Ramos                                                                                                                               

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Paseando estos días por cualquier rincón de España me he ido encontrando con viandantes que lucían un aspecto tétrico aunque debidamente cuidado. Las calabazas naranjas han inundado los escenarios más variopintos mostrando con sus rostros agujereados terror o felicidad.

Para quienes hemos crecido con el carnaval en las vena este ejercicio de disfraz parece una muestra más del reconocido: ¿me conoces, mascarita? Aunque difícilmente, tras ese rostro amoratado, ninguna persona puede pretender pasar desapercibida.

Ha ido incorporándose una fiesta a nuestro calendario que desconozco si la mayoría sabe su significado y la vive en consecuencia.Importaciones americanas aparte, esta fiesta se remonta a la tradición celta, una de las festividades más marcadas de esta cultura porque en esta fecha comenzaba el año céltico con el encendido de los fuegos de Shamhaim.

Se trataba de uno de los grandes festivales del fuego y por ello su celebración se llevaba a cabo, como no podía ser de otra manera, con el encendido de grandes hogueras.En nuestra cultura, esta tradición la convirtió la Iglesia Católica en la festividad de Todos los Santos, vinculándola a la antigua tradición pagana del culto a los muertos asociada a esta fecha.

Por eso, hoy quería reflexionar sobre este tema y la capacidad que tiene nuestro sistema capitalista de ir introduciendo fiestas y celebraciones sin que realmente conozcamos el verdadero significado de las mismas, convirtiéndonos en meros consumidores/as de productos enlatados.

Me pregunto cuántos de los niños y niñas que he visto con disfraces negros y oscuros esta semana sabían que estamos ante un acontecimiento que une el mundo de los vivos con el de los muertos, una celebración bien distinta a nuestras concepciones recogidas en nuestro refranero y que dice: » el muerto al hoyo y el vivo al bollo», dejar a las personas muertas tranquilitas donde están, señal evidente de que han llegado al lugar que les correspondía.Pues bien, si nos atenemos al origen celta de esta fiesta, la idea fundamental era que los muertos volvieran, desde el más allá, a celebrar el festival del fuego con los vivos, a compartir lo fantástico de un momento, el final del verano, cuando se sienten crecer los poderes subterráneos con sus puertas abiertas a todas sus fuerzas liberadas, tanto las malas como las buenas.

Dudo mucho que este sea el espíritu de la fiesta que el mercado acaba de colocarnos en los escaparates y que enseguida dará paso a la siguiente. Yo la recuerdo con un tono más cálido, sin disfraces terroríficos, yendo a buscar castañas a Osorio para hacer el tostado de los finaos, a los que recordábamos con una botella de anís el mono que tenia doble uso: el de proporcionarnos el pizquito de alcohol para calentar la tripita y el de servir de instrumento musical para alegrarnos la noche. A quienes estaban en el otro mundo, le encendíamos una vela para que siguieran en su largo camino a la eternidad.

En una cultura como la nuestra, donde la muerte sigue siendo un tema delicado, del que hablamos poco porque nos causa miedo, mejor buscar celebraciones divertidas que nos permita afianzarnos en el presente y seguir respetando a quienes han pasado a mejor vida, o al menos eso queremos creer.

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