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Fray Lesco y el turismo |
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Se ha celebrado recientemente en Gran Canaria un Congreso Internacional sobre “Calidad del Turismo”, un evento de especial y sensible interés para escudriñar verdaderas posibilidades de potenciar y asentar la oferta turística insular, pues tenemos aquí una amplia y muy diversa gama de posibilidades para hacer más que atractiva la idea de visitar y pasar un tiempo de vacaciones en la isla, pero, como todo, es algo en lo que todos deben caer en la cuenta, conocerlo profundamente, trabajarlo y ofrecerlo adecuadamente.
Sin embargo, “si nada es nuevo sobre la faz de la tierra”, al menos en Gran Canaria sobre este asunto sí que tenemos verdaderos precedentes en los últimos años del s. XIX y primeros del s. XX, cuando se trabajó, se ofertó y se logró un primer momento del orbe turístico isleño, en el que una condición básica que se trazaron sus responsables, agrupados entorno a la inolvidable “Sociedad de Fomento del Turismo”, creada por Carlos Navarro Ruiz en 1910, fue la de “la calidad” de la oferta que había que dar ya entonces a los visitantes.
La singular, casi inesperada y esperanzadora perspectiva que introdujo la aparición de la actividad turística en Gran Canaria -como sector económico moderno, en el sentido que lo entendemos hoy, pues los viajeros de todo tipo y condición no le faltaron nunca a la isla, perdiéndose el rastro de sus noticias en la noche de los tiempos-, en los últimos años del siglo XIX, con el incremento de la actividad portuaria que permitían los nuevos muelles, y en los quince primeros años del siglo pasado, no sólo lanzó a la brega en este terrero a empresarios, hoteleros y autoridades locales, sino a toda una pléyade de intelectuales, artistas y escritores que teorizaron, definieron, cantaron y plasmaron en su obra las excelencias y la casi natural disposición de la isla y de su capital para la actividad turística, «una Niza del Atlántico», como definió la revista «Canarias Turista» en el editorial de su primer número en 1910.
De esa larga lista, ya indispensable para una historia del turismo local, en la que han destacado nombres tan ilustres para los isleños como Néstor Martín Fernández de la Torre, Francisco González Díaz –que tiene un ensayo de gran interés titulado «Cultura y Turismo» (1910)-, o Carlos Navarro Ruiz, quiero hoy destacar a otro personaje que, si también hizo muchísimo por resaltar los atractivos turísticos de Gran Canaria, aún no se le reconocen sus enormes aciertos en esta materia, aunque algunas de sus ideas, o frases más sonoras hayan sido utilizadas posteriormente como eslóganes de propaganda turística, con enorme y reiterativo éxito, como el siempre repetido de “Continente en miniatura”.
Me refiero, sin duda alguna, a Domingo Doreste Rodríguez, famoso por su seudónimo «Fray Lesco» -con el que se le ha recordado siempre-. Escritor sensible, agudo, de puntuales y hondas inquietudes, sus artículos «con esa italianizante forma suya, equidistante de Croce y de Carducci -según descripción de Ignacio Quintana Marrero, en un acertado artículo sobre el personaje-, gozaban, además, de un sabor recoleto humildoso, de fraile encerrado en su celda». No escribió libros, sólo apareció en 1954 uno con algunas de sus más brillantes crónicas, gracias a la iniciativa de su sobrino Juan Rodríguez Doreste, que en 1978 publicó una suculenta biografía de su pariente. Sin embargo, en este caso se cumple aquello que decía Ortega y Gasset de que «el artículo de periódico es hoy una forma imprescindible del espíritu, y quién pedantescamente lo desdeña no tiene la más remota idea de lo que está aconteciendo en los senos de la historia».
Desde este recoleto rincón del periodismo, hecho género literario por derecho propio, Fray Leseo se convirtió en un excelente y convencido promotor turístico, que llevó su preocupación por el progreso de la isla a diversas instituciones, entre ellas el Centro de Iniciativas y Turismo de Gran Canaria, al que se adscribió nada más fundarse en 1934. Fray Lesco, como lo señaló Ignacio Quintana, «fue un abanderado del turismo en esta tierra nuestra. Sabía del paisaje enesimado de Gran Canaria, que descubrió a través de un prisma singular que sólo él sabía manejar».
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