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APUNTE 09/10/2013

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Un Papa valiente
Por
Sebastián Sarmientochano_sarmiento_apunte

Se han cumplido seis meses de papado de Francisco y el balance de este periodo no puede ser más positivo. Han sido  seis meses marcados por su afán de reformar y abrir la Iglesia, como institución, y por sus muestras de sencillez y cercanía a la gente, lo que le ha granjeado un serio carisma a nivel internacional. Desde que apareció en el balcón principal de San Pedro hasta hoy, el Papa Francisco ha proyectado una imagen de sencillez que se ha puesto de manifiesto en los cientos de miles de peregrinos que acuden cada domingo o cada miércoles a la plaza de San Pedro para verle y escucharle. Esa popularidad se traduce en la cifra de más de 800 mil personas las que han abarrotado el Vaticano en todas las ceremonias donde él ha estado presente, mientras en las 14 audiencias del papa anterior Benedicto XVI, la Prefectura del Vaticano contabilizó unas 150 mil personas, con lo que la popularidad de Francisco se ha disparado en pocos meses.

El  jesuita  Jorge Mario Bergoglio, nada más presentarse  tras su designación como Papa Francisco, se puso “al servicio de los demás”. Se ha mostrado en todo momento con un sueño claro: entregarse a “una iglesia pobre y para los pobres”; abierta al mundo para lo que no ha dudado  en instar a los monjes y religiosos en general a abrir los conventos vacíos para alojar  a los refugiados.  Ha sido el primero en despojarse de algunos atributos de opulencia como los zapatos rojos papales, alojándose en la sencilla residencia Santa Marta, junto a otros obispos, y sacerdotes, situada a poca distancia del palacio Apostólico.

La sencillez  es  desde el principio la forma de hacerse  presente ante el resto del mundo, actitud que tampoco está reñida con una decidida iniciativa de hacer reformas. En las últimas entrevistas concedidas a un medio católico y a otro agnóstico ha quedado nítida su actitud rupturista con el pasado. Francisco está dando pasos significativos hacia la renovación de la estructura de la Iglesia. Una de sus decisiones más significativas ha sido el nombramiento como Secretario de Estado del Vaticano al hasta ahora nuncio en  Venezuela, el  italiano Pietro Parolin, en sustitución del todopoderoso cardenal salesiano, Tarcisio Bertone. Según los comentaristas  internacionales, al destituido se atribuyen las resistencias que frenaron los intentos reformadores de Benedicto XVI. Todas estas decisiones de Francisco ponen de manifiesto sin duda alguna  su clara voluntad de regenerar las estructuras  de la iglesia.

En los seis meses que lleva al frente del pontificado, Francisco ha dado muestras evidentes  de  cambiar muchas de las cosas de una iglesia encerrada en sí misma. No solo ha dado ejemplo personal de austeridad y humildad, sino que ha priorizado  en sus visitas y viajes la atención a los más desfavorecidos. Pero también se ha referido en sus comparecencias en los medios de comunicación al Gobierno de la Iglesia, la presencia de las mujeres o la homosexualidad. Algunas de sus afirmaciones han generado un eco mediático como aquellas en las que decía que “jamás he sido de derechas” o “el edificio moral de la Iglesia corre peligro de caer como un castillo de naipes”.

Como alguien ha dicho estamos ante un hombre que opta por una visión diferente y cuyas palabras nos invitan a no tener miedo. A iniciar un cambio radical en esta iglesia del tercer milenio. O el papel que desempeñará la mujer en la Iglesia del futuro.  La verdadera revolución está, sin embargo, por  llegar. Por ejemplo se espera con interés lo que pueda  salir de la comisión de cardenales a la que el papa Francisco ha encargado una propuesta de reforma de la curia. De la valentía que muestre en asuntos sociales y de la estructura  interna de la propia iglesia, dependerá probablemente el futuro de esta institución. La forma en que se acerca a los problemas como la migración o el paro en la juventud en todo mundo, está dando indicaciones por dónde hay que ir en estos momentos difíciles  y en los que hay que hablar claro. Sus palabras en torno al desgraciado suceso de Lampedussa  habla a las claras que no “se casa” con nadie.: «Tengo que mencionar a las numerosas víctimas de este enésimo naufragio. La palabra que me viene a la mente es vergüenza. Es una vergüenza», dijo en un discurso en el Vaticano, interrumpido por los aplausos de los miembros del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz. «¡Nunca más tragedias similares!», clamó.

En definitiva, estamos ante un hombre que se moja con los problemas que surgen a todos los niveles y que sobre todo quiere cambiar las estructuras de la iglesia, para que los católicos salgan de las trincheras y se aposten en las calles enfrentándose a la dura realidad diaria. Confianza y optimismo de cara al futuro, de todos.

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