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Ciclotimias: El Tiovivo / El Paseo / El Temblor |
El Tiovivo
Llevaba toda la vida viendo girar el mismo tiovivo. Apenas fue al colegio. Sus padres tampoco fueron al colegio. Los abuelos paternos tenían una noria y los maternos una tómbola con peluches. Sus padres se habían conocido desde niños recorriendo las mismas ferias. Ella tiene ahora cuarenta años y un niño de doce que está subido todo el día en los caballitos. El niño jamás sonríe. Los especialistas no se ponen de acuerdo con la patología que padece. Todos los niños que vienen al tiovivo se suben eufóricos a los caballitos. Todos menos su hijo, que la mira fijamente, siempre reconcentrado y triste, mientras ella no hace más que maldecir su propio destino desde la caseta en la que vende las fichas.
El Paseo
La sacaban todas las mañanas a pasear por Triana. Solo quería que la dejaran escuchar durante un rato a los violinistas que se ponían delante de una heladería a tocar sonatas de Bach. Todo lo demás le daba lo mismo. Se acomodaba en su silla de ruedas y movía los dedos al compás de la música. Eran sus veinte minutos de felicidad diaria. El resto del tiempo se sentaba al fondo de la sala de la tele mirando imágenes. Durante años se sentó con su marido cada tarde a escuchar a Bach en un tocadiscos que se quedó uno de sus hijos cuando la internaron en la residencia. Los discos los regalaron a una institución benéfica, pero ella logra que sigan sonando cada mañana en Triana. Por eso le entristece tanto la lluvia. Cuando llueve la música no suena en la calle, ni a ella la sacan de paseo para que no esté todo el día encerrada sin hablar con nadie.
El Temblor
Hablaba con las amigas en la terraza. Parecía relajada, pero su pierna derecha estaba en otra parte. Esa pierna estaba casi siempre en otra parte. No paraba de moverse. Yo la miraba desde otra mesa lejana. Mientras se reía con sus amigas recordando las anécdotas de la última fiesta de fin de año, la pierna seguía enfrascada en la discusión que había tenido esa misma mañana con su pareja. Aquel temblor continuado e incontrolable ya le estaba avisando de que acabaría divorciándose en unos pocos meses. Ella se reía con sus amigas y hablaba felizmente de su marido sin darse cuenta de que su pierna traicionaba todos los gestos de su cara.
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