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APUNTE 23/10/2014

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Ciclotimias: Oasis
Por
Santiago Gilsantiago_gil

La poesía es el oasis que nos queda entre nuestra propia vida y ese desierto que es la nada que nos circunda por todos los puntos cardinales. El poeta José Miguel Junco sabe mucho de versos, de vidas y de esos espacios que se vuelven habitables si uno aprende a llenarlos de palabras. Pepe Junco acaba de publicar un libro de poemas titulado Oasis. Ya está jubilado de la docencia y gracias a ello lo encontramos en una envidiable plenitud poética. Lejos de encerrarse en su torre de marfil, es el primero que te encuentras cuando te asomas temprano a las redes sociales. Los que me conocen saben que madrugo mucho, y en lo que espero a que el té me despabile para escribir un rato me asomo a las ediciones digitales de los periódicos y a las redes sociales para saber qué ha pasado mientras dormía. Casi siempre encuentras las mismas noticias con otros nombres, otros países y otros escenarios en los que se representa esa vida diaria que no deja de emborronar el ser humano con sus contradicciones, sus pendencias y sus guerras salvajes.Por eso cuando descubres que José Miguel Junco ya ha publicado algún poema suyo o de los muchos poetas que admira, te vas de inmediato tras la pista de todos esos versos necesarios. Realmente, uno no despierta hasta que no vuelve a ser consciente de que está viviendo. No es una boutade o una perogrullada esto que he escrito. Los hay que están sesenta o setenta años en el planeta sin saber que están existiendo, y luego hay otros capaces de vivir cada minuto como si fuese un instante eterno. Un buen poema, sin embargo, nos vuelve siempre eternos. Lo escribe José Miguel Junco: «Quédate por lo menos hasta que nazca un río,/ hasta que sin preverlo un árbol crezca,/ hasta que yo duerma para siempre,/ quédate en esta esquina de mis ojos». Nos vamos quedando en todas las esquinas de los ojos que amamos. Esos también son nuestros oasis. Realmente el amor no es otra cosa que ese paraíso que creemos vislumbrar siempre en las pupilas de todos los ojos que quisimos. Un amor se acaba mucho antes de que pasemos por los Juzgados o de que alguien nos diga que se terminó la magia que nos encumbraba. No hace falta esperar a que termine lo que sabemos que ya tiene sus días contados. Uno ya descubre que todo se ha acabado cuando se asoma a esos otros ojos y no vislumbra un oasis en ninguna parte. También nosotros sabemos que nuestros ojos se vuelven indiferentes sin que nos asomemos a ningún espejo cada mañana. La poesía, lejos de lo que piensan los apocalípticos y los agoreros, está más viva que nunca en estos tiempos tan atrabiliarios y tan tecnológicos. La gente busca respuestas que no halla en ninguna parte. A veces basta solo el eco más callado de un verso para que el mundo entero cambie de arriba abajo. Y esa poesía sigue estando detrás de cada una de las miradas que nos salvan.

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