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APUNTE 16/10/2014

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Ciclotimias: El niño espantapájaros
Por
Santiago Gilsantiago_gil

Para él era una historia como otra cualquiera. La contaba con esa naturalidad con la que los mayores cuentan los recuerdos. Hablábamos de su infancia y me contó que no sabía leer ni escribir porque nunca había ido a la escuela. Siempre ha tenido que asomarse al mundo tanteando muy bien todos sus pasos y buscando a quien le ayudara a entender ese galimatías de símbolos raros que son las palabras para quienes nunca tuvieron la posibilidad de aprender el abecedario. Su vida fue una lucha constante desde que dejó de gatear. No tuvo regalos de cumpleaños. También me decía que en su casa nunca había flores porque su madre no tenía tiempo para cuidarlas. Salían todos a trabajar en los tomateros desde que rompía el alba. Él también. Trabajaba desde que tenía memoria y no paró hasta que su cuerpo le permitió seguir bregando. Ahora te mira en silencio, contando pausadamente, con ese deje y esa música ancestral con la que los viejos vuelven épicas las vivencias más triviales.

Pero ese recuerdo de la infancia que me contó no era trivial ni volandero. La imagen que yo imaginaba mientras iba hablando podría ser una de esas escenas cinematográficas que jamás olvidamos por su impacto y por su belleza. Su primer trabajo fue de espantapájaros. Tendría cinco o seis años y, hasta que tuvo edad para pasar a plantar los tomateros, lo tuvieron de sol a sol pendiente de que los pájaros y las palomas no se comieran las semillas de los tomates. Las espantaba agitando los brazos y corriendo de un lado para otro. Era su único juego, y nunca tuvo otros niños que jugaran con él a ser mayores en medio del campo. Los otros seguro que estaban en otros semilleros haciendo lo mismo, muchos niños espantapájaros mirando todo el rato hacia el cielo para que nadie les riñera por dejar que las aves picotearan la simiente que luego terminarían plantando y recogiendo sus padres. No fuimos virtuales de repente. Venimos de un pasado que está casi a la vuelta de la esquina en la que muchos de nuestros mayores vivieron una infancia como la de ese señor que me mira siempre desconfiado, pero al mismo tiempo orgulloso de que su historia me parezca tan grandiosa y admirable. Trato de quitarle años. Lo imagino descamisado corriendo bajo un cielo azul detrás de las palomas o de los mirlos sin saber hacia dónde se encaminaba su destino. Solo salió de aquellos tomateros para ir al cuartel. Le pregunté si le había puesto nombre a algún pájaro y me contestó que llegó a conocer a muchos solo por el vuelo o por cómo trinaban antes de intentar picotear las semillas. Me mira con los ojos muy abiertos; pero realmente yo sé que jamás ha dejado de seguir aquellos vuelos lejanos del pasado. Lo veo agitar los hombros inconscientemente mientras habla. No me lo cuenta, pero estoy seguro de que él también soñaba que tenía alas.

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