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APUNTE 25/09/2014

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Psicografías. La Suerte
Por
Santiago Gilsantiago_gil

Solo el tiempo es capaz de disipar todas las neblinas. A veces lo que creíamos que nos terminaría condenando es lo que nos salva, y aquello en lo que buscábamos la salvación puede terminar siendo nuestra propia condena. Hasta que no pasan los días no sabes si los pasos que diste fueron los acertados. Existen los milagros y esos virajes inesperados del destino que, de repente, te cambian de arriba abajo el escenario. Y es verdad que casi siempre encontramos cuando dejamos que sean los días y las noches los que acaben colocando las cosas en su sitio. En medio del caos solo hay que intentar que no se nos hunda ningún barco y que los que naufraguen acaben siendo los más bellos pecios en el fondo de nuestra alma. La suerte, como cantan en el tango, es grela y siempre veleidosa; pero seguimos confiando en ella cuando nos vienen mal dadas o cuando nos esforzamos esperando esa recompensa que acompaña a los que no se paran nunca a lamentar ninguno de sus pasos.

Hace casi veinte años recuerdo que en el periódico en el que trabajaba me mandaron a Teror a cubrir una noticia. Dos ancianas solteras habían ganado en la Lotería Primitiva doscientos cincuenta millones de pesetas. Cuando subía con el fotógrafo aún no sabía nada de ellas; pero en los pueblos todo lo que acontece se termina sabiendo con más inmediatez y con más datos de los que pueda aportar cualquier aparato de última tecnología. Las redes sociales se inventaron hace muchos años en las calles, los bares y las barberías de esos pueblos. No nos costó mucho saber quiénes eran y dónde vivían. Recuerdo una casa humilde en medio de una finca y un riego por el que corría el agua todo el tiempo. Un señor que nos abrió la puerta nos dijo que allí no le había tocado a nadie la lotería. Luego llegaron compañeros de otros medios buscando a las afortunadas y estas tuvieron que salir de Teror y ocultarse varias semanas hasta que se olvidara la noticia. Siempre me quedé con la intriga de qué es lo que había pasado con aquellas dos señoras. Hace unos días subí a Teror y decidí preguntar por ellas. Todos conocían su historia y lo primero que me dijeron es que su suerte acabó siendo una condena. Nunca más pudieron vivir como lo llevaban haciendo toda la vida. Las dos hermanas habían muerto y habían dejado toda su fortuna a sus sobrinos; pero en sus últimos años se lamentaban a todas horas de haber perdido su tranquilidad diaria en aquella humilde casa que estaba junto a un riego. Supongo que también desde entonces ya no sabrían si quienes les preguntaban por su salud lo hacían por saber de ellas o por el interés del dinero que tenían en su cuenta corriente. Habían jugado una sola apuesta y fue el único boleto premiado en aquel sorteo. Les había tocado la suerte; pero la suerte, como decía al principio, no sabemos si nos toca hasta que no pasa el tiempo.

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