Sin categoría

Pregón Fiesta Arbejales 2014

joaquin-rivero
Pregón Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús 2014
Por D. Joaquín Rivero Quintana 
Leído el 30 de mayo de 2014

 

Señor Cura Párroco,

Señor Primer Teniente-Alcalde del Ilustre Ayuntamiento de Teror,

demás autoridades presentes,

Comisión de Fiestas,

vecinos,

visitantes,

amigos,

familia,

estimados radioyentes,

buenas noches y bienvenidos a la lectura del pregón de las Fiestas, en Honor del Sagrado Corazón de Jesús  de 2014, en la Parroquia de Arbejales.

 

No esperaba tan pronto el encargo de realizar el pregón del   barrio que me vio crecer. Me hubieran venido bien unos cuantos años más de experiencia, para desarrollarlo mejor, pero cierta musiquilla oída en los últimos tiempos, me ha ido animando y he aceptado con honor y con gusto dicha misión. Gracias a la Comisión de Fiestas de antemano.

Durante la lectura de este pregón, permítanme ustedes hablar como lo hacemos de forma cotidiana, aunque use las normas establecidas a la hora de escribir. También quiero hacer hincapié, que el contenido de este pregón sirva para nombrar las circunstancias vividas por alguno de los presentes o por otros muchos que ya no están, y no han tenido la oportunidad de expresarse desde este lugar.

Primero que nada, hago un llamamiento a asistir a las fiestas de nuestro pueblo. Siempre hay donde aportar, un acto al que acudir como protagonista, colaborador o espectador.

 

En época de fiestas o fuera de estas, la vida del pueblo es algo más que esa charla con Expedito en el súper, o con Suso o Andrés cuando nos echamos un pisco en el bar. O asistir puntualmente a todo entierro o funeral de un vecino. Aunque he nombrado cosas que nos unen, tenemos que dar un paso más, aunque conlleve más esfuerzo. Muchos recordamos tres tiendas abiertas en el casco y varias más esparcidas por los alrededores. También conocimos varios colegios con alumnos. La baja natalidad, la situación laboral actual, su distribución y localización sobre todo en la costa, tienen como consecuencia estos mínimos históricos.

La vida social en un pueblo mejora participando, acudiendo, animando, arrimando el hombro cuando es necesario. Mi experiencia con los actos en los que ayudo, sean romerías, alfombras, vigilias o procesiones, me dice que con un poco de esfuerzo y mucho de constancia, se mantienen las tradiciones. Costumbres que dan una idea de pueblo y de existencia; idiosincrasia si ustedes prefieren. Es la pequeña historia del pueblo. Es nuestra historia personal. De ello vamos a hablar un rato (sobre todo yo) con el permiso de ustedes.

 

Voy a narrar la vida en un pequeño caserío que se encuentra a la espalda de la iglesia; de Las Montañetas.

Se encuentra allí una casa, hace cien años propiedad de Juan Quintana, con una ventana que mira para el pueblo. Desde ella, su dueño y algún que otro ilustre visitante, vieron como unos terrenos llanos dedicados a la agricultura, fueron ocupados por personas llegadas de todo el municipio, que delimitaron un solar e hicieron unos cimientos que llenaron de piedras, y que construyeron unos muros y unas paredes que levantaron hacia el cielo, unos techos y unas bóvedas con forma de cruz latina, un campanario y un cimborrio omnipresente, cual remate final a cinco años de trabajo ingente.

Mucha fe y devoción al Sagrado Corazón había presente, y he aquí el resultado. Cien años después.

 

El recuerdo más antiguo que tengo sobre Las Montañetas es subir por la cuesta hasta la antigua era. La cuesta tenía unas piedras diseminadas, con altibajos hechos por el trasiego y la erosión de las lluvias, con una última parte llana, con juncos en la orilla. Mi hermano y yo éramos dos chavales que apenas podíamos llevar algún bolso, con cosas para el fin de semana y mi madre subiría en brazos a mi hermana, muy pequeña.

 

Tras saludar a mi padre en casa de la abuela Eulalia, nos íbamos a la casa del abuelo Juan Simeón, donde pasábamos el fin de semana. En dicha época, por la noche, la vida estaba acompañada de candiles, quinqués, palmatorias  o una simple vela puesta sobre la mesa de la cocina. Así, recuerdo la figura de mi abuelo comiendo su cena habitual, una escudilla de leche y unos biscochos, que mojaba y nos pasaba con disimulo, mientras hacíamos algunos deberes.

 

Pero dejemos estos hechos y volvamos al centro de Las Montañetas: la era. Allí está el patio de la casa de la abuela Eulalia y la casa de mis padrinos, Lolita y Pepe Genaro, con su largo muro para asiento en el testero. La era es de gran tamaño, posee un testigo mudo, alto y tieso: el eucalipto. Yo lo conocí ya seco. Tenía unos agujeros de barrena hechos en redondo cerca de la base. Recuerdo que hurgábamos los orificios, que alguien cogía para guardar pequeños objetos. Una vez sacamos una par de monedas de peseta y desde entonces corríamos para ser los primeros, en buscar los dineros. En una de sus ramas se instalaba a menudo un remo. Su base servía de asiento y allí paraban los caminantes que bajaban de la Cruz del Piquillo y del Lomo Gallego.

Pocas trillas me gocé, apenas me acuerdo de una realizada por tío Daniel y otra por mi padre. Una vez que llegó allí la carretera, los camiones subían con materiales o con acarretos de pasto, helechos o rolos de platanera. Muchas veces jugábamos encima de ellos, para enfado de los mayores.

Era un centro de juego para la chiquillería. Donde antaño se reunían los hijos de Pablo Domínguez, los Ramos, los hijos de Juan Simeón, de Eulalia, de Angelita Rivero, de Juan Zapatero y los de Adán, ahora nos tocaba a la siguiente generación trotar por sus alrededores. Además de los hijos de mis padrinos, Trino, Celi, Crucita y Mariola, estaban los hijos de Juan XXIII, los de Antonio Herrera y algún primo que venía de visita a ver a los abuelos. Los hijos de tía Juanita eran de más edad que nosotros, algunos estaban casados y, otros, en vísperas.

Por allí pasaba Pepe Ramos, hombre corpulento y de andar pausado, y su mujer Mariquita el Pino con su hijo Carmelo. También Pepe Carlos con la burra grande, portento en acarreos y una flecha en las carreras, y el burro de Pepe Genaro, Trino al mando.

Desde allí, vimos como los tractores de cadena abrían carreteras todos los años. Haciendo memoria, después de subir la carretera a Las Montañetas, se abrió la de la Degollada, la de Pablo en Las Cadenas, la de Los Naranjos desde La Capellanía, la de La Cuesta de la Mohina, la del Lomito Blanco, etc. El ruido de los tractores fue como un hilo musical de fondo, por aquellos años.

Al lado de la era, en el alpendre de mis padrinos, tía Lolita y mi madre tostaban el millo para hacer gofio y todos nos reuníamos alrededor de los sacos, para zamparnos las roscas más grandes. También allí viví varias matanzas del cochino. Y que buena era aquella carne, sus morcillas y chicharrones. A la hora de la zafra de las papas, todos los vecinos nos ayudábamos y era normal ver en una cogida, personas de cuatro o cinco familias.

 

La consecuencia inmediata de crecer es que pasas, de cuidar a la hermana pequeña, a ayudar en las faenas de las tierras. Así, aprendes a manejar azadas, fuchas, picos, picaretas, hoces, cestas, y un largo etcétera.

 

Apenas creces un poco más, además de usar herramientas ya eres transportista, primero fue una vieja carretilla de madera, y después una de hierro, hecha en Teror por encargo de mi padre a finales de los años 70. El latonero, todo un profesional, la hizo a conciencia porque aún da rueda, treinta y tantos años después. Alfredo, el de Juan XXIII, le echó un día 12 sacos de 25 kilos de papas y para adelante, que había máquina y hombre para eso y más. Como consecuencia, se rajó un brazo de la carretilla y lo tuvimos que soldar. Mi hermano y yo, con alguna prestada, hacíamos carreras con ellas, estuvieran vacías o no.

 

Y un buen día, te ponen un cabresto en la mano y al otro lado, un «personaje» de cuatro patas y orejas alargadas al cual nunca superarás en mala idea. Primero fue la burra vieja, de carácter enrabietado, con la que había que tomar cierta distancia de seguridad. Yo la vi acarrear bloques y materiales para los tanques que se arreglaban, cargarla con los sacos de 50 kilos de papas, guano, estiércol o de pencas de pitas y de ir muchas veces a la Capellanía para traer pasto, carrizo, caña o  hojas de castañero. Más de una vez se nos escapó. La solución, ir por los atajos a la cuadra, que ella nos esperaba allí. Varias patadas alcancé de ella. Yo y muchos más.

 

Y después tuvimos la burra de Juan Talavera, de la zona del Piquillo. Eso fue otra cosa, pequeña, mansa y de andar ligero. Muchos kilómetros hicimos juntos sacando papas de las tierras de mi padre, de mi padrino, de mi tío Isidro o de algotro vecino. También surgió la circunstancia y cogí el mulo de Tío Enrique. Recuerdo el primer día que lo tuve porque casi me pasa por encima. Fue un día que le ayudaba a mi padrino en la tierra de José Lorenzo. Pasó la gente de Enrique con el mulo por allí, lo ofrecieron y lo dejaron en manos del menos indicado. «Joaquín sabe» decían ellos. En la primera cuesta que cogió el mulo ya cargado, yo escuché unos cascos herrados a todo tren detrás de mí, que me hicieron dudar, trompicar y salir disparado a cuatro patas hacia arriba. Aquel día comprendí de golpe, el cuidado a tener con esa bestia, y así fue en cuantas ocasiones lo pedí prestado. Más de una vez lo fui a buscar a los alpendres de Ernesto el marchante.  Yo me subía al pesebre para acercarme a él y ponerle la jáquima. Después lo sacaba fuera para que se revolcara un rato, y luego a coger la albarda, cincha, sogas y sobrecarga y a embardarlo con mucha mano. Una vez en el ajuste, lo cargaba y dejaba de cabresto los primeros viajes, porque no había freno humano para tanta sangre. Después se calmaba e incluso llegué a subirme en él, pero sin abusos, que yo lo pedía para acarrear y no para ir de caballero.

 

Mi padre fue un hombre muy meticuloso con el trabajo. Le gustaba las cosas bien hechas, y muchos años pasamos arreglando y reparando desperfectos. Acequias, tuberías, pozos, tanques, paredes, alpendres. Estos trabajos los hacíamos en su mayoría en los meses de verano, cuando había más tiempo libre y los días eran más largos, cosa que me llevó a pensar que la palabra vacaciones en mi casa, se malinterpretaba.

 

Como todo el mundo, mi padre plantaba papas, millo, algo de judías y garbanzos y comida para los animales. Una de las faenas que más recuerdo, era subir a La Capellanía. Lugar de largos días de siega, de juntar hojas de castañero, de sembrar centeno a fucha por no haber otra manera, de ir a coger manadas de caña y carrizo. Cuando todavía estaban sin segar los helechos, uno andaba entre ellos totalmente enterrado pues, en algunos sitios, duplicaban mi estatura, y te sentías perdido entre un bosque de cañas, escobones, escobesos (codesos) y castañeros. “La selva“ le llamaba yo. Ir a la Capellanía, representaba un cambio en el ritmo de vida cotidiana, pues significaba madrugar bastante para echarle a los animales y salir caminando. En los primeros años subíamos por La cañada de los Nogales y Las Laerillas, hasta que luego se abrió la carretera que llega a lo de Pablo Domínguez. El terreno a segar imponía, por lo que lo mejor era coger la hoz y agacharse delante de los helechos y segar, porque el desánimo podía hacer mella. Toda la familia participaba en la siega. Cuando éramos pequeños aún, le dedicábamos bastantes días, pero una vez crecimos y nos hicimos amigos de las hoces, llegamos a segarlo todo, solo en tres días. Hablando de las hoces, algunas veces se volvían rebeldes. Una vez, me hice un buen corte a falta de unos metros para terminar y a los dos años, le tocó a mi hermano, cuando segaba la última puñada. A la hora de acarrearlos, recuerdo bajar cargados hasta Los Morales y de dar más de un viaje al día. Después los traíamos en los camiones. Primero fue el de Gregorio, luego el de Domingo y por último el de Bernabé. Ver subir un camión de helechos por la cuesta daba respeto, pues del volteo hacia arriba y hacia atrás traía tanto o más que dentro. Una vez, Domingo paró en la plaza y subió a cinco o seis hombres en la cabina, para tener más peso, en la parte delantera. Nunca pasó nada, gracias a Dios o al Sagrado Corazón, que lo teníamos bien cerca.

 

Volviendo a la era, cuando llegaba el domingo por la tarde, nos reuníamos allí para jugar y si no había con quien, hacíamos una escapadita por los alrededores. Así fue como yo y mi hermano fuimos con el primo Trino, por primera vez, a la Montaña del Gallego y de allí, a la presa de Aríñez. De regreso, nos paramos junto al rebaño de Antonio Gabino que, que casualidad, andaba buscando un muchacho como yo, para ayudar con el ganado. Que me animara, me decían todos con una sonrisa. No debo de dejar de nombrar, las excursiones que hicimos por las carreteras del Norte de la isla, con el furgón de los donuts de mi padrino. Se ponían unas tablas sobre los guardabarros traseros, y allí íbamos sentados la chiquillería.

 

Mi primera gran caminata por los caminos de esta isla fue con trece años. Cuando surgió la invitación de ir a Tirajana caminando, aprovechamos mi hermano y yo, y nos unimos a un grupo con Sergio Nuez como guía, con Pedro Reyes, Margarita Ramos y otros más que sumábamos trece peregrinos, lo cual nos pareció anecdótico. Y nos quedó ganas, pues hasta la actualidad hacemos todos los esfuerzos posibles para cumplir con esa tradición. Unas veces, cargando abrigos sin necesidad, otras esquivando el frio y el viento, muchas con embate y dos veces huyendo de los incendios: uno, en la Cruz de Tejeda (que temí que nos cerrara el paso hacia Los Llanos de la Pez) y el otro fue, el gran incendio que azotó a media isla hace ya unos años y al cual asistimos desde Los Pasos de la Plata, como espectadores. Siempre procuramos tener concertada la vuelta quedando con la familia o amigos. Doy las gracias a  Vicente y a Nievita, que nunca fallan, a la mujer de Juan Agustín, a Guillermo Nuez, a mis hermanos, al amigo Pepe Déniz y Suso Hoya y a tantos otros y otras que han echado una mano (al volante se entiende).

 

Dejando atrás esta caminata, nombrar cinco o seis subidas desde Las Palmas hasta a este templo, para pagar alguna promesa de estudiante. Y después muchos recorridos hechos en la isla y fuera de ella. Sólo nombrar uno muy bueno a la Cascada de los Colores dentro de la Caldera de Taburiente. Se pasa por La Cuesta del Reventón, que con solo citar el nombre, queda todo dicho.

Dejando atrás estas peripecias, podemos hablar de mi participación en los asuntos de este barrio.  No recuerdo el primer dibujo realizado para las alfombras del Corpus. Sé que han sido muchos.  Siempre hemos puesto todo el esfuerzo posible en su confección. En los primeros años usábamos serrín y garepas que coloreábamos, también borras de café, hojas de helechos y flores para dar colorido. Muchas horas dedicábamos en su confección. Lo que yo más sentía no era esas largas horas de pie o agachado, sino las temibles agujetas que aparecían puntuales al día siguiente. También para el toque final aparecía el viento y hacía sus propios estropicios. Y como algunos recordarán, un año en vez de viento empezó a lloviznar y una hora después, el trabajo realizado corría junto con el agua por las calles abajo. Con los años, nos dedicamos a trabajar con la sal preparando los colores con anterioridad y repartiendo así el trabajo, en más de un día. Desde aquí un sentido agradecimiento a todas esas personas que ayudan o han ayudado en su confección.

 

Mi participación en la enramada de los Arcos comenzó yendo a coger brezos en la zona de Covecillas. Por haber pocos brezos y muchos podadores, era una porfía llegar los primeros. Después los traíamos en el coche de algún vecino, y ya caída la noche, nos reuníamos en la plaza y enramábamos con hilo acarreto aquellos gruesos palos que conformaban los arcos de hace unos treinta años. ¡Cuánto sabía  echárselos al hombro y dar brincos con ellos! Creo que pesaba menos  San Juan, en su trono de Semana Santa. Cuando llega la Traída de los Arcos a la plaza podemos ver una nueva especie de árbol aquí plantado. Estos hechos de álamo, aquellos de brezo, los otros cubiertos de tela de saco, reflejan la variedad decorativa echando mano a lo que nos rodea. Afortunadamente pasan los años, se inventó el cuadradillo y hasta ¡Césped artificial! que mis piernas cuanto agradecen.

 

Hasta el señor judas sabe lo que es tener una columna vertebral de cuadradillo. Las primeras imágenes que tengo del judas son de Barrabás: una, entrando a la misa para darle prisa a Don Manuel, y otra, recogiendo las bombas y echándolas al fuego, pues el muñeco se deshacía con facilidad. Por aquella época, se utilizaba la ropa para soportar el material de relleno y era normal que se desprendiera algún trozo. Cierto año, teniendo un cable sujeto entre dos casas, se subió a judas a una de las azoteas y se le prendió fuego antes de desplazarlo lejos del fronte y claro, el muñeco se empeñó en  arder al abrigo de la pared aunque esta se quedara bien tiznada. Para evitar semejantes percances se buscaron soluciones y alguien tuvo la idea de hacer con cuadradillo, el soporte del judas, que muchos años ha durado. Para una mejor sujeción de la leña, acordamos poner dentro de la ropa tela metálica, alargando la quema y añadiendo seguridad.

 

A partir del año 2000, varias personas nos animamos a realizar un elemento decorativo a incluir en la carroza que llevamos a las diferentes fiestas. Sergio Nuez y Ramón Déniz son el núcleo de esta idea. Con ella hemos querido destacar algún objeto o tradición del barrio. Gracias a esto, esta iglesia tiene dos cimborrios; uno, aquí encima, se ve desde todas las montañas que nos rodean y otro, idéntico, lo podemos ver aquí, expuesto en la entrada. Una mujer tostando o lavando en una cantonera, una quesera, un motor de un pozo,  una gran cesta cinchada, una réplica del campanario, y varias tradiciones más, se han ido mostrando gracias a esta representación. Muchas gracias, a todos los que han aportado algo, aunque solo sea  aportando ideas en estas cosas.

Muchas gracias también a los amigos, que me han puesto los pies en la tierra más de una vez, a lo largo de los años. Está claro que la vida no se resume en trabajar, subir montañas y pedalear por las carreteras. La familia es el núcleo de nuestra existencia, por lo que intento dedicar cada vez más tiempo a los de casa, a mi mujer Carmen, a nuestra hija Raquel y al niño que viene en camino.

Han pasado más de cuarenta años, desde aquellas primeras subidas por la cuesta de Las Montañetas. Ha cambiado la forma de trabajar, la forma de movernos y hasta el paisaje. Permanecen los recuerdos y el cúmulo de vivencias, para afrontar con valentía, lo que nos depara la vida.

 

 

Y con esto, llega el momento de pregonar los actos de la fiesta. Debemos hacer hincapié en las fechas, pues hay modificaciones por la bajada de Nuestra Señora del Pino a las Palmas. Así,

 

Hoy ha comenzado el Novenario al Sagrado Corazón de Jesús, que finaliza el sábado 7 de Junio.

 

Mañana sábado, tienen lugar las Primeras Comuniones.

 

Y el Domingo por la tarde, bajada de la Imagen del Corazón de Jesús al altar.

 

El Viernes 6 de Junio, confección de los Arcos en la plaza.

 

El Sábado 7, víspera de la fiesta mayor, comenzamos con el arreglo de carrozas durante la mañana y por la tarde la Tradicional Traída de los Arcos donde las bandas de música nos harán alegre el recorrido. A continuación, Verbena hasta las tantas de la noche con un pequeño descanso para ver los Fuegos Artificiales.

 

El Domingo 8, Fiesta Principal. Desde primera hora de la mañana, celebración de la Feria de Ganado. A las 12:00, Solemne Función religiosa. Luego, procesión de la imagen y desfile del ganado.

 

El sábado 14, Gran Gala Artística realizada por la Escuela de Danza TARAS DE SACOJ.

 

El sábado 21, Fiesta Infantil con Castillos Hinchables y Fiesta de la Espuma.

 

El Domingo 22, Festividad del Corpus Christi y Subida de la imagen del Corazón de Jesús. Durante el día confección de alfombras y altares.

 

El Viernes 27, Fiesta litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús, con la tradicional Ofrenda floral y de productos típicos. Después Concierto Coral y finalizamos con un Concurso de Repostería.

 

Los Actos Deportivos, tendrán lugar los viernes 6, 13 y 20 de Junio, en sus diferentes modalidades. Y el Sábado 21, a las 13:00 horas entrega de Trofeos, para finalizar.

 

 

 

 

 

Vamos llegando al final de este pregón

y solo me falta hacerles una petición;

sean con esta persona indulgentes,

pues el protagonista de estos hechos

puedo ser yo o muchos de los presentes,

duros trabajos siempre ha habido,

lo vemos hoy en todo lo acontecido,

 

picos,

picaretas,

hoces,

azadas,

haces y cestas,

 

burros,

mulos,

cabrestos y albardas,

jáquimas,

sogas,

cinchas y sobrecargas,

 

candiles,

quinqués,

velas,

baldes,

acequias,

tuberías,

pozos y tanques,

 

carrozas,

arcos,

adoradores,

vigilias,

alfombras,

tronos y procesiones,

 

 

 

 

 

cimientos,

muros,

piedras acarreadas,

paredes,

techos,

y bóvedas arqueadas,

 

cimborrios omnipresentes,

campanarios terminados,

han sido aquí todos nombrados,

 

para recuerdo y homenaje,

de tantas generaciones

que labraron nuestro paisaje.

 

Muchas gracias  y  ¡Que empiecen las Fiestas!

Compartir en redes sociales