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¿Reino de Justicia? |
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Según voy viendo en mi facebook y a medida que camino en la noche por las calles de cualquier ciudad española, cada día huele más a Navidad y yo que hace tiempo quise haber puesto a esta fiesta en su sitio, sin demasiado entusiasmo y tampoco tristeza, vuelvo a estar viviendo una emoción contradictoria.
Ya lo dije en una pasada crónica, me encanta la solidaridad, me parece una de las emociones que dignifica al ser humano porque lo hace ser empático, ponerse en el lugar de la otra persona y eso es fundamentalmente bueno.
Pero la muerte ayer, en Alcalá de Guadaira, en Sevilla de una pareja y su hija, quedando otra criatura en la UCI me vuelve a poner los pelos de punta. Aunque, según decían, hay que esperar a los resultados de la investigación, lo cierto es que era gente que vivía de recoger cartones en la calle y utilizaban para alimentarse productos caducados ofrecidos por los comercios de la zona o lo recogían en los contenedores de basura.
Ellos han muerto y decididamente han resuelto su problema pero todos los días, cuando voy a dejar mi bolsa de desperdicio, sea la hora que sea, encuentro en los contenedores de basura que están frente a mi casa, gente que busca y rebusca cualquier cosa.
Recuerdo ver a una mujer, con el pelo gris, arreglada, mirando de reojo por si alguna persona la veía, recoger unas acelgas, recién tiradas de una frutería que se encontraba al lado; seguramente no era de la zona por como miraba alrededor, probablemente sentía vergüenza de tener que hacer eso, la misma vergüenza que sentí yo de ser ciudadana de un país desarrollado que ha llevado a una deriva tan inhumana a las clases medias y fundamentalmente populares.
Eso hace que vuelva a pensar en la necesidad de que nuestra sed de justicia no se apague con el agua de la caridad momentánea, la empatía de las personas no debe sustituir la responsabilidad de las instituciones, el deseo de un mundo más igualitario debe seguir siendo el santo y seña de una fiesta donde se celebra precisamente y aunque a veces se ahogue con las sidras y el champan, la llegada del paladín de la justicia, ese Mesías que anunciaba un reino de justicia, amor y verdad.
Y basta mirar alrededor, ya sin salir de nuestras calles ni plazas para ver que la justicia, no está y espero al menos que se le espere.
Ese es al menos mi deseo, como considero que hay pocos instrumentos más justos que el empleo que nos posibilita la autonomía personal y colectiva (el señor que murió ayer era fontanero, no un indigente) sigo con mi compromiso de crearlo y el próximo viernes presentaremos, en una jornada que celebramos en el edificio de Usos Múltiples de las Palmas de Gran Canaria, cómo las empresas de inserción intentan aportar su grano de arena en esta búsqueda de la justicia social.
Eso hace que el próximo lunes pueda compartir este apunte desde la Villa Mariana. Hasta entonces, un saludo y el deseo de que tengamos en nuestra pensamiento una sociedad más justa.
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