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APUNTE 29/10/2013

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Nuestros finados
Por Juan José Laforet                                                                                                                                

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En estos últimos días de octubre y primeros de noviembre celebramos “de toda la vida”, o sea desde tiempos inmemoriales, la “fiesta de los finados”, aquella con la que, de forma entrañable y amical, recordamos a los seres queridos que se fueron en tiempos recientes o en épocas ya lejanas, pero cuyo recuerdo no se desdibuja del todo en el ámbito familiar, vecinal ó social. Pero con ellos también rememoramos al conjunto de nuestros antepasados, de todas aquellas personas que en su vida terrenal nos precedieron en las vivencias de esta isla, de sus usos y costumbres, de su ser y sentir, contribuyendo de una u otra forma a conformar poco a poco el conjunto de sus tradiciones, a definir su idiosincrasia; en fin, siendo parte de su historia. La  “fiesta de los finados”, de las personas que murieron, es de alguna manera una fiesta de vida, pues en ella sentimos algo presentes y vivos a quienes ya no están con nosotros, recordándoles en el cariño que nos brindaron y en el que nosotros les tuvimos, rememorando todo aquello que conformó su estela vital, en ocasiones acciones destacadas que tuvieron una incidencia decisiva para la sociedad en su conjunto. Así, de alguna manera es una fiesta en la que, por encima de motivos muy personales, les recordamos en su conjunto, les hayamos o no conocido, pues en cierta medida “los finados” nos pertenecen o nos tocan a todos un poco.

Podemos celebrar esta festividad con visitas a los camposantos, que engalanamos con flores, tras limpiar previamente mausoleos, lápidas o monumentos levantados en recuerdo de quienes finaron, ó podemos unirnos a los jóvenes que piden “los finados”, aquellos presentes y golosinas que se ofrecían por esta fiesta,  reunirnos para degustar castañas asadas, huesos de santo ó higos pasados acompañados por vino tinto ó algún anisado, y unirnos en sus rondas nocturnas a los “ranchos de ánimas”; en fin, un conjunto amplio de celebraciones arraigadas y muy propias ante las que no nos hacen falta celebraciones falsamente introducidas con ánimos mercantilistas. Pero la expresión de recuerdo y respeto a nuestros “finados” puede tener en ocasiones otra materialización más solemne y trascendente, en correspondencia a la importancia del legado que nos dejaron quienes recordamos de esta manera.   Así, recordamos a los “finados” que finaron su existencia para que sus convecinos pudieran salvaguardar las suyas, y aunque hayan pasado siglos aún son merecedores de nuestro recuerdo, de nuestro más absoluto respeto y total gratitud, siendo todos ellos y con todas las consecuencias verdaderamente “nuestros finados”.

He seguido desde hace mucho tiempo, con detenimiento y curiosidad, las celebraciones que se daban y se dan en la actualidad por estas fechas, y me he encontrado un camino que lleva más allá de las fronteras isleñas, desde antiguas y olvidadas prácticas que tienen su origen en los pueblos del Mediterráneo, hasta las más vivas, coloristas y sugestivas de la mayoría de las comunidades americanas, sin olvidar el insípido, anodino y mercantilista Halloween -que en vez de convivir pretende anular a las verdaderas expresiones tradicionales-. En todo lo visto y disfrutado la “fiesta de finados”, la “noche de difuntos”, se convierte en el trasunto de una maravillosa celebración de vida que danza en esa frontera invisible entre el presente y el más allá que, por esa noche, parece estar aquí. El propio Domingo J. Navarro, en sus recuerdos referidos al siglo XIX grancanario, dejaba claro que esa “Noche de Difuntos” tenía el carácter de la última fiesta del año, en cuanto se refería a fiestas mayores de la isla, y en ella “…se reunían las familias a jugar a la perinola, comiendo castañas y dulces, que saboreaban con buenas copas de vino rancio y con licores, en festiva francachela, cuentecillos chistosos y alegres bromas…”, nosotros procuraremos mantener estas sugestivas tradiciones y además nos uniremos por las calles de Teror, y de algunas otras localidades insulares, a un “Rancho de Ánimas” y disfrutaremos de sus cantares en recuerdo de las “almas del Purgatorio”, de la de todos esos finados que son “nuestros finados”.

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