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El Titanic de la Miseria |
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La semana pasada nos desayunábamos con la noticia de que una barcaza, con quinientas dieciocho personas a bordo, naufragaba frente a la isla de Lampedua en Italia, entre ellas, once criaturas. Hasta el momento solamente 181 cuerpos han podido ser rescatados y recibirán eso si, probablemente «cristiana sepultura», teniendo con toda probabilidad mejor entierro que justa vida.
Que ese tipo de sucesos tengan lugar todavía en aguas europeas ponen de manifiesto el fracaso estrepitoso de nuestra política y lo lejos que estamos de ser un continente verdaderamente civilizado.
Debo hacer un esfuerzo, mientras voy leyendo la noticia, para que la sangre no me hierba y se suba a la cabeza al descubrir cómo han sucedido los hechos y sobre todo, las consecuencias de la aplicación de una ley antihumanitaria y casi fascista que impidió a los pesqueros cercanos al barco que prestaran servicios de rescate por temor a las represalias judiciales. Más rocambolesco aún me parece que los ciento cincuenta y siete supervivientes vayan a tener que enfrentarse a un duro proceso judicial que les condenará al pago de una importantísima cantidad económica, suma que probablemente no hayan visto jamás en su vida. ¿Quiere esto decir que quienes han corrido mejor suerte son los rescatados muertos, entre ellos once criaturas, o los que serán pasto de los peces?. ¿ O pasarán la factura correspondiente a las familias dolientes?
Realmente he buscado palabras en el diccionario para definir el acontecimiento y lo que le rodea, y reconociendo que cada vez me parece más acertado lo que dice el Papa Pancho, vergüenza me parece un calificativo flojo, que solamente produce sonrojo. Esto es una auténtico genocidio contra la humanidad, es abuso de los grandes contra los pequeños, es un hazme reír de un continente, que va de sobrado, dando clases a todo el mundo siendo incapaz de resolver sus propios problemas o lo que quizás es peor, desconociendo esos problemas porque ojos que no ven corazón que no siente.
El colmo del abandono de esta gente a su suerte es que se legisla para que quienes puedan ser generosos, en un país con la sede de la Iglesia Católica, sean condenados por prestar auxilio a los inmigrantes, nada que ver con el Costa Concordia que concitó el interés mundial y los mejores medios de rescate.
Mientras el llanto silencioso por los muertos y desaparecidos continúa, el centro de acogida de Lampedusa, según la ministra del ramo (permanentemente cuestionada por ser negra) es una vergüenza y nadie dice que mañana no vuelva a suceder un hecho de similares características, eso sí, que dejará de ser noticia tan rápidamente como éste porque lejos de ser un barco de lujo o un crucero europeo de clase media, es una barcaza llena de gente a la que solamente le mueve vivir.
Espero que los excelentes resultados el Banco Vaticano sirvan, al menos, para pagar los procesos judiciales de estos ¿afortunados o desgraciados? supervivientes.
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