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Crónicas de Teror
por José Luis Yánez Rodríguez, Cronista Oficial de la Villa de Teror

Noviembre de 2007  (Participación en la Mesa Redonda que sobre la figura de Francisco González Díaz se celebró en la Casa de la Cultura el 26 de Noviembre de 2007)
El Teror que conoció Francisco González Díaz

Cuando González Díaz sentó sus reales en la Villa de Teror, hacía tiempo que gobernaba los destinos de la misma un típico representante de la oligarquía caciquil rural característica de nuestras islas, don Manuel Acosta Sarmiento.

Llegaba a un pueblo beneficiado por la carretera que le unía a la capital y a la comarca del Norte y que trabajaba en este sentido para acercarse a la feraz vega aruquense con otra vía aún inconclusa por entonces.

Fue bien aceptado por toda ésta que podríamos llamar clase alta terorense. A sus múltiples cualidades oratorias y literarias, unía también su entronque familiar. Su tío, don Bruno González era con los Gourié, el ostentador del poder económico en Arucas; su prima doña Rosario González era la marquesa de Arucas; otro de sus primos, hijo de su tía Rafaela González y del guiense José Rivero, fue el poeta Domingo Rivero;… (1)

Don Manuel Acosta gobernó el Ayuntamiento terorense desde 1890 a 1912 (con un intervalo de un año en el que otro representante de otra familia poderosa, don Sebastián Henríquez, lo sustituyó). Estaba casado con doña Margarita Yánez Melián, también relacionada con las clases altas de la Villa. (2)

Podemos afirmar qué lo que acercó en un primer momento a González Díaz hasta Teror, fue la difusión de su campaña por el arbolado de la isla en el que tenía marcado todo su empeño desde principios de siglo. Aquí encontró apoyo a su cruzada y, después de Las Palmas de Gran Canaria, fue en Teror el primer lugar donde se realizó el Día del Árbol en febrero de 1911. (3)

El 6 de febrero de 1912, un grupo de vecinos de Teror, movidos por el deseo de agradecérselo, solicitaron a la corporación municipal de entonces se dignara en nominar el paseo abierto como inicio de la proyectada carretera que uniría Teror con la ciudad de Arucas. El Ayuntamiento acogió favorablemente la propuesta y desde entonces el comienzo de esta carretera hasta la finca de Osorio lleva su nombre.

Asimismo se advertía, como en todas partes,  en la vida del Teror de comienzos de siglos la alteración que trajo consigo el distanciamiento de los hermanos León y Castillo, así como el cambio que se experimentó en los últimos años de vida de don Fernando León y Castillo.

No pudo González Díaz por tanto estar ajeno a los avatares que experimentó el pueblo durante esos años. Y el más representativo de todos ellos fue el consabido pleito de la Fuente Agria, que rompió incluso las alianzas familiares a que nos hemos referido. Si en febrero del 12 se producía la solicitud de denominación de calle mencionada, tan sólo un mes antes en enero del mismo año, don Jerónimo del Río, apoderado por unos vecinos del municipio ponía en cuestión la titularidad de la Fuente. González Díaz también tomó partido, teniendo arte y parte un tiempo más tarde en la famosa Manifestación de la Fuente Agria.

Glez Díaz, en su deseo de disfrutar de su peculiar  clausura terorense, se acomodaba a las circunstancias cambiantes. Lo mismo escribía al pino del Barrio de su mismo nombre:

Monarca venerable, no abdiques tu corona;
eres como un abuelo herido por los años
que envejeció sufriendo penas y desengaños
y a quien ni el tiempo abate ni la vejez destrona…

O alababa la iniciativa briosa del alcalde, don Isaac Domínguez al dar cuenta de las obras llevadas a cabo en los años 20 en la Alameda

Que describía una verbena canaria donde “Ni el menor detalle faltaba: refajos rojos, pañuelos multicolores, zapatos “resolaos”, sombreritos de tierra adentro, medias bastas de algodón, enormes pendientes, grandes cuchillos en la faja de los improvisados “palurdos”…

O enaltecía las excelencias del nuevo régimen cuando hace setenta años, en 1937, participaba en la inauguración de la calle Calvo Sotelo, en la actualidad calle Nueva. (4)

En este sentido, y sin menosprecio alguno a todo lo que durante años escribió en prensa o lanzó al aire desde las tribunas sobre la Villa, en 1918 lanzó a la imprenta un libro con el que en humilde tributo de mi amor a sus gracias y bellezas habló del lugar y las gentes que años antes lo habían acogido. Con el sencillo título de Teror regaló a la bibliografía terorense uno de sus más preciados ejemplos. El ayuntamiento, en acertada iniciativa, lo reeditó el pasado año.

En los años 20, una vez transcurrido el primer periodo de su estadía en el pueblo, se trasladó con el Hotel Royal desde su inicial ubicación hasta la construcción que en esta década adornara el comienzo del paseo que llevaba su nombre. Allí estuvo hasta su muerte. Éste fue su asilo y su refugio y desde el Hotel participó en la vida pueblerina y sencilla pero cargada de acontecimientos de Teror, en los foros periodísticos más importantes, en los círculos más clasistas o en enriquecedores viajes; pero siempre regresó a Teror.

En esta década falleció don Juan González, el párroco del Pino desde 1908; y en 1927 llegó el joven Antonio Socorro Lantigua; se edificó el Convento de las Dominicas y comenzaron a llenarse de construcciones los alrededores del Recinto. A nivel político local destaca en 1928 la llegada a la alcaldía de don José Hernández Jiménez, que repetiría años más tarde y se convertiría con don Manuel Ortega Suárez en el principal referente público de toda una época. A colación de lo anterior, se ha de decir que no abundan las referencias del autor a la clerecía terorense. Se menciona en su libro al párroco cuando para llevar a cabo la renovación del pavimento de la Basílica nombra a don Juan González para advertir que:

“Quísolo el cura de la parroquia, y el cura todo lo puede, porque ha sabido hacerse amar y respetar. Es en su ministerio un obrero perseverante, un ardiente apóstol. Se ha dejado la vida entre las zarzas de su misión evangélica. De cara al cielo, sin un desmayo ni un olvido”.

Don Juan González Hernández había llegado a la parroquia a la muerte de su antecesor, don Judas Dávila, natural de Agüimes. Novicio jesuita, se destacó por su fe concentrada, intimista y por su carácter un tanto adusto; pero que participó con entusiasta fervor casi juvenil en la labor de arreglar y embellecer el maltrecho templo que manifestaba muestras de ruina cada cierto tiempo, o en la construcción del templo que en el barrio de Arbejales se erige en honor al Sagrado Corazón de Jesús.

Y en 1927, hace ochenta años, llegó don Antonio Socorro Lantigua. Nacido en la parroquia de la Inmaculada Concepción de Tafira, el 10 de febrero de 1891, don Antonio fue ordenado sacerdote el 3 de Abril de 1915 por don Ángel Marquina Corrales. Cantó su primera misa en Santo Domingo de Guzmán, en Las Palmas, y posteriormente fue destinado a Fuerteventura, en la Parroquia del Rosario, de Puerto Cabras. Hasta su designación como Prelado doméstico de su Santidad el 27 de Julio de 1957 fue su paso por Teror, sin entrar en más profundos análisis que no vienen hoy a cuento, un constante enriquecimiento del fervor hacia la Virgen del Pino, el enaltecimiento de la Iglesia terorense y sus fiestas anuales.

Durante los casi cuarenta años que González Díaz permaneció en Teror se sucedieron muchos personajes interesantes del Clero, descollando sobremanera algunos como el canónigo Miguel Suárez Miranda o don Antonio Álvarez, junto a otros sin los que la vida eclesiástica no se entendería como el sochantre Carlos Arencibia o los miembros de la familia Álvarez, tan ligados a la música sacra de la Basílica.

Política y comercio aparecen estrechamente unidos en todas estas décadas y prácticamente toda la gente que descolló por razones de poder son miembros de familias relacionadas con la venta de todo tipo de productos: desde materiales de construcción a viscosilla, desde quinqués a cachorras y paraguas.

El aspecto urbanístico fue cambiando progresivamente: al cenobio del Císter se le unió el de las Dominicas, el Ayuntamiento creció a dos pisos, las construcciones de emigrantes y familias de lecheros fueron conformando un nuevo aspecto de la casa de medianías.

Unido a este crecimiento, se presentó un aspecto inexistente a fines del XIX y que en estos años tomó carta propia en la Villa: la colonia de veraneantes. Desde que los miedos a una intervención militar en 1898 hicieran descubrir a muchos las delicias de Teror, cientos de personalidades de toda índole hicieron de la Villa un segundo hogar hasta que los Sures isleños arrasaran con esta primera muestra del turismo interior. Familias como los Doreste, Graziani, Parada, Jorge, etc. se unieron durante años para disfrutar de verbenas, veladas literarias en el Casino, noches de juerga veraniega o serenatas a amores imposibles.

De todo ello participó, desde su serena pero no distante atalaya, la figura impasible de Francisco González Díaz. Él fue un terorense más hasta que a las cuatro de la tarde del cinco de abril de 1945 decidiera acabar con su vida. Don Antonio Socorro, en la partida, señaló que su huida de la vida se debió a un arrebato de locura.

No obstante, pese a ello, lo que quedó como rescoldo durante décadas de olvido de su persona, fue su incuestionable amor a Teror. Ello basta para que Teror lo mantenga siempre en el pedestal que mereció su vida, su obra y su dedicación incansable a los árboles, tan olvidados como él mismo. Quizá, la lectura de sus libros sea el mejor homenaje que le podemos hacer y la constatación de su vigente actualidad, y lo que debamos mantener de su memoria sea, al igual que la de mi antecesor en el cargo de cronista, el mensaje de que cuidemos Teror, por siempre y para siempre.

 

NOTAS
(1) Según noticias familiares, la misoginia característica de muchas de las actitudes de don Francisco González Díaz fue debida al rechazo que su prima doña Mª del Rosario González manifestó a sus requerimientos amorosos y que le marcó profundamente.

(2) La familia Yánez Melián a que hacemos referencia se originó con el matrimonio de don Carlos Yánez Melián y doña Mª del Rosario Santana, que casaron en Teror el 24 de abril de 1843, y que tuvo por sus relaciones familiares mucha influencia en la política terorense de fines del XX y principios del XX.
Sus hijos, que se apellidaron como su progenitor, fueron:

• José, párroco de San Bartolomé de Tirajana, después de San Gregorio, en Telde; y posteriormente, desde 1890, Canónigo de la Santa Iglesia Catedral.
• Francisca, que casó con Juan Fco. Yánez, y falleció en el parto de su primer hijo.
• Antonio, Secretario, gracias a las influencias de su hermano, del Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana, donde casó con doña Mª Isabel Clara de Matos, generando asimismo la familia Yánez Matos, alguno de cuyos miembros retornarían a Teror.
• Mª de los Dolores, primera esposa de don Bartolomé Sánchez García y madre del fundador del colegio Viera y Clavijo, el sacerdote don Santiago Sánchez Yánez.
• Margarita, esposa desde 1879, del que sería durante dos décadas el alcalde de la Villa terorense, don Manuel Acosta Sarmiento.
• Manuel, labrador y político en la Villa, relacionado directamente con el pleito de la Fuente Agria.
• Juan Bautista, también concejal, que permaneció soltero hasta su muerte.

 (3) Hasta hace pocos años era costumbre normalizada la de terminar actos y celebraciones con una foto de grupo en la escalinata central del Palacio Episcopal, cuya portada mandara construir el Obispo Lluch y Garriga en 1867. En la fotografía mencionada se muestran unidos en torno a González Díaz muchos de los que unos años más tarde se enfrentarían por el tema de la propiedad de la Fuente Agria. Los niños que aparecen en primera fila con los azadones utilizados en el plantío de los árboles son los hermanos Enrique y Rafael Hernández Yánez, nacidos respectivamente en 1905 y 1907.

(4) La calle Nueva se inauguró el 5 de septiembre de 1937, y era la primera obra que la Junta del Paro Obrero culminaba en la isla.

 

 

 

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