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Crónicas de Teror
por José Luis Yánez Rodríguez, Cronista Oficial de la Villa de Teror

2 septiembre 2009
Francisco Acosta y Sarmiento. De Teror a Granada
(Presentación del libro del mismo título de don Gabriel Cardona Wood. Casa de la Cultura - 2 de Septiembre de 2009)

Sr. Alcalde, autoridades, señoras y señores. Se presenta hoy en Teror un libro. Ello no es extraño los últimos tiempos en esta mariana Villa; sí lo es porque el libro trata y analiza la vida, figura y obra de un natural de la pila terorense casi desconocido pese a su calle, don Francisco Acosta Sarmiento, que, en razón de su buen hacer, claro entendimiento y recta aplicación de la justicia, supo (hace ya casi un siglo) conseguir un distinguido, a la vez que merecido lugar, en la judicatura española de la época.
Hace el estudio un bisnieto del preclaro terorense, don Gabriel Cardona y Wood que, tal como reconoce en el mismo libro, y aconsejado por su amigo Teodoro Cardoso, inició la recopilación de datos para este estudio, movido por el desconocimiento que muchos canarios tienen de hijos distinguidos e ilustres del archipiélago que, como su bisabuelo, pese a las circunstancias adversas de la lejanía, supieron poner sus nombres y el de las islas que los vieron nacer a la altura de hombres rectos, cultos, de profundos méritos profesionales, dignos de mayor reconocimiento social; aunque, todo sea dicho, el señor Acosta Sarmiento disfrutó siempre de una justa estima entre los terorenses de su tiempo.

Don Gabriel Cardona, el autor de esta investigación nació en Las Palmas de Gran Canaria el 26 de febrero de 1933, hijo del arquitecto Antonio Cardona y Aragón y de doña Rosario Wood y Acosta. Casó en Las Palmas de Gran Canaria en 1966 con doña Alicia Mederos y Pérez, matrimonio del que han nacido don Alejandro, don Rafael y don Miguel Cardona.
Es autor asimismo de otras obras como “Planos para edificios no construidos del doctor arquitecto Antonio Cardona y Aragón…” y “El Alma Heroica de Sofía Inglott y Navarro. Evocaciones”.

Comienza don Gabriel este libro por hacer un imaginario recorrido por los lugares que marcaron los hitos de la existencia de don Francisco. Su estilo cercano, descriptivo y riguroso nos va trasladando desde las calles empedradas de ambiente recogido, casi claustral, del Teror decimonónico; la multicolor ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, a la vez cosmopolita, moruna y costera, donde el quedo transitar por las adoquinadas calles de Vegueta acompañó muchos años el discurrir vital del bisabuelo glosado…; las blancas casas con cimientos hundidos en raíces tartesias, fenicias, romanas de la Huelva soñada…; Sevilla, de palacios y jardines recónditos, donde el agua del río es a la vez frontera y camino…; Zaragoza, la del ilustre Pilar, donde el temple adusto y serio de los aragoneses se sosiega con los recuerdos refinados de la Cesar Augusta romana…; y por fin, Granada, donde concluye, entre aromas de azahar y siluetas de palacio nazarí los días terrenales del Acosta terorense, que siempre (queda claro en el libro) guardó un lugar preferente en sus apegos para La Vecindad, el barranco, el Pino, y la Villa natal, allá en la lejanía.

Trata también de las raíces del jurista, sus propias raíces, que se hunden en la Portugal de fines del medievo con el mercader Miguel de Acosta, llegado a las canarias tierras en la décima sexta centuria, y la de los Sarmiento, digna estirpe de castellanos llegados en épocas de la conquista y que pueden presumir de un linaje con antepasados tan ilustres como el Rey de Castilla, Alfonso X el Sabio.

Con estilo sencillo, asequible y a la vez concreto y riguroso, pergeña el autor una hilazón biográfica que va marcando los pasos que progresivamente llevaron a don Francisco Acosta al lugar que por derecho y dedicación merecía.

Reza un antiguo dicho de tierras de Valleseco que “Los Sarmiento sólo se casan con sus merecidos”, y en este caso quedó bien claro ya que los Cupidos y sus dardos amorosos debieron confabularse con el destino, para que el flamante abogado terorense matrimoniara en el último tercio del XIX, con una digna representante de las más encumbradas familias de la burguesía isleña, doña Rosario Inglott y Navarro. Paso a paso, con expresión de la descendencia del matrimonio y detalles relacionados con ellos, don Gabriel Cardona relata estos primeros años en la capital de la isla: amigos, experiencias, agradables unas, adversas otras (recuérdese la triste evocación de la muerte de su cuñada Sofía Inglott, objeto de otro libro publicado por el autor) llenan estos años, y son menudamente precisadas por el biógrafo. Su fácil lectura y la profusión de fotografías contemporáneas con la época hacen aún más entretenida la entrada en esta pormenorizada secuencia de tiempo analizada.

El rigor preciso en los datos, la inclusión de textos y actas literales, hacen que el discurrir profesional de don Francisco Acosta desde la isla hasta Granada (un bello camino vital entre dos lugares cargados de maravillas naturales y patrimoniales), pasando por la presidencia de la Audiencia Territorial de Zaragoza o la concesión de la Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica, configuren unos pasajes de cuidadoso y pulcro análisis de estos últimos años de la vida de don Francisco Acosta, que fallecería en la ciudad de La Alhambra en 1921.

No olvidó nunca la Villa de Teror a este hijo que supo ennoblecer su nombre y el del lugar de procedencia y de ello quedó constancia en las actas del Ayuntamiento, celebración de funerales y en la nominación desde 1948 de una calle con su nombre en el llamado Barrio de los Chalés en la carretera que desde el pueblo se dirige a la ciudad de Arucas, todo lo cual queda perfectamente recogido en el libro que hoy presentamos.
Decía Víctor Hugo que “ La grandeza de un pueblo no se mide por el número de sus habitantes, como no se mide por la estatura la grandeza de un hombre”. Se mide, evidentemente, por la grandeza espiritual y personal de aquellos que enaltecen el lugar donde han nacido y vivido, con su trayectoria vital y sus propias obras.

Don Francisco Acosta Sarmiento es un claro ejemplo de ello, y don Gabriel Cardona no hace con este libro más que cumplir, con firmeza de bien nacido, el deber de hacerlo público.
Gracias.

  

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